por Adrián Melo.
El
próximo 19 de febrero termina en el MALBA la monumental exposición México moderno, vanguardia y revolución
que reúne a artistas de la primera mitad del siglo XX que reflejaron en sus
obras el surgimiento en el México post- revolución de una nueva cultura erótica.
Cada
Revolución genera su ideal de erotismo y su iconografía sexual. En ese sentido,
la Revolución Mexicana no fue una excepción. Por un lado, construyó arquetipos
de la virilidad y el machismo en revolucionarios tales como Pancho Villa o
Emiliano Zapata. Incluso el historiador
John Reed trazó el retrato de un Villa sensual y mujeriego y Nellie Portobello
en esa obra literaria inefable llamada Cartucho
rescató para la historia la belleza varonil y el atractivo sexual de anónimos soldados
anónimos villistas. Años más tarde la cinematografía terminó de plasmar esta
imagen al recurrir a galanes tales como Pedro Infante o Marlon Brando para
interpretar a Villa y a Zapata.
Por
otro lado, la Revolución Mexicana debilitó el peso de las prohibiciones morales
en términos de sexualidad. Para oponerse al laicismo ultramontano de Porfirio
Díaz no solo creó un imaginario de revolucionarios ardorosos sino también de
mujeres amantes que no dudan en sacrificar su virginidad para saciar a los
valientes y colaborar de esa manera en los ideales de la Revolución. Asimismo
el trastocamiento de la vida cotidiana con las tomas de ciudades, las
violaciones a mujeres y la oleada de prostitutas ponen sobre el tapete nuevas
formas que toman las sexualidades. Como suele suceder en tiempos de catástrofes
o de pestes, el caos de la revolución, la sensación de fin del mundo y el
peligro palpable de una muerte inminente generan una especie de anarquía, un
resquebrajamiento de las leyes y de la moral y una necesidad vital de gozar y
pecar que puede resumirse en el lema: “Cojamos que se acaba el mundo”.
Ese
fue el marco que posibilitó incluso a despecho de los revolucionarios homófobos
(al enterarse la homosexualidad de su colaborador Manuel Palafox, Zapata barajó
la idea de fusilarlo) que en la década del veinte del siglo XX emergiera un
conjunto de artistas y escritores que viven de manera más libre sus
sexualidades en general y de forma más o menos explícita las sexualidades
diferentes a la heterosexualidad. Cierta visibilidad gay en el contexto de las
vanguardias mexicanas es hija de la difusión de las ideas de Freud, los nuevos
aires de despertar erótico a nivel internacional producto de la reacción a la
Gran guerra y a nivel local la revolución.
México moderno, vanguardia y
revolución, la monumental exposición (alrededor de 170 obras y
de 60 artistas) que con el aporte del Museo Nacional de Arte de México se
presenta en el MALBA no puede soslayar la manera en esa pequeña revolución
sexual mexicana se plasmó en la pintura y en la fotografía. A continuación, una
visita guiada queer por la muestra.
El destape de la mujer
Tras
la revolución y en el marco de un protofeminismo que se manifestaba a nivel
latinoamericano en diversas figuras artísticas, políticas o literarias (los
ejemplos de Alfonsina Storni, Victoria Ocampo y Alicia Moreau de Justo en
Argentina) el cuerpo femenino dejo de ser mitológico o religioso para
convertirse en símbolo de la liberación de tabúes en materia de intimidad y de
sexualidad. Las fotografías de Antonio Garduño de Nahui Olin desnuda o el Desnudo de Tina Modotti en la azotea de
Edward Weston, ambas de 1924, dan cuenta de estos cambios de viento.
Retrato de Frida Kahlo (en imagen)
Asimismo
artistas como Lola Cueto o María Izquierdo entre otras utilizan su identidad
personal para utilizar lo simbólico, lo onírico del surrealismo y sus deseos. Y
por supuesto, el broche de oro está en la diva de gays, lesbianas, travestis y
trans que ocupa un lugar preponderante en la exhibición. En las fotografías de
Imogen Cunningham de 1931 se destaca esa belleza andrógina que no se basa en
patrones clásicos. Asimismo sus perturbadores autorretratos que se detienen en
las cejas pobladas y en el vello del rostro parecen enorgullecerse de la
ambigüedad sexual. Las imágenes dolorosas, el cuerpo amputado y ortopédico plasmado
en dibujos y pinturas que narran su propia vida plagada de accidentes denuncian
una vida de sufrimiento que puede ser leída como metáfora del cuerpo
aprisionado de la mujer en las sociedades patriarcales a la vez que como vía
crucis laico cuyo énfasis en la tragedia coincide con cierta celebración de la
muerte mexicana. A la vez que estas imágenes se plasman en arte la vida de
Frida se convierte en una obra de arte y con el tiempo se hacen más o menos
públicos sus romances con hombres y mujeres (León Trotsky, algunas amantes de
su esposo Diego Rivera, entre otras). Las múltiples posibilidades de vivir el
amor de Frida queda reflejado en el Retrato que de ella realizó Irene Bouhusen
en 1947.
También
surgen divas potentes y sensuales como Dolores del Río fotografiada
respectivamente en 1925 por Tina Modotti y por Cecil Beaton en 1932 (éste
último la fotografió semidesnuda en pose sensual en medio de una selva
artificiosa en el papel de Luana de la película “Ave del Paraíso”) y retratada
por Rosa Roanda en 1949.
El ciudad y los gays
José
Guadalupe Posada, cuyas ilustraciones de Catrina y de calaveras en escenas
costumbristas construyeron un verdadero folklore cuya máxima expresión es el
Día de los Muertos, también fue pionero en representar la homosexualidad y
llevarla a la imprenta en sus grabados testimoniales como El baile de los 41. Aprehensión (sic) de hombres vestidos de mujeres. El pueblo les silva (sic) y apedrea del 20 de noviembre de 1901.
El dibujo da cuenta de un hecho fundacional en la historia de la homosexualidad
en México: un baile de gays y travestis que terminó en redada policial.
Lejos de estas visiones
condenatorias, el protagonismo de la ciudad y el cosmopolitismo que ponen de
relieve las vanguardias ponen en el ojo de la escena artística la posibilidad
real de encuentros sórdidos y anónimos, de levantes callejeros, de formas
semiocultas de amar que ofrecen las grandes urbes modernas. En este contexto surge una figura extraordinaria
como Xavier Villaurrutia cuyos poemas Nocturnos
(1931) constituyen verdaderas instantáneas de la vida homosexual en la ciudad,
verdaderos spleen baudelerianas gays. Ambientados en la noche de los centros
urbanos, en la oscuridad de las plazas, los cines, debajo de los puentes o en
lugares más o menos sórdidos y más o menos oscuros los poemas de Villaurrutia
describen con inusual belleza poética
las hermosuras anónimas de los muchachos que pasan, que yiran, que lo
tocan y verdaderos cantos al amor que no osa decir su nombre: “TODO lo que la noche /dibuja con su mano /de sombra: /el
placer que revela,/ el vicio que desnuda. / (…) Todo lo que el silencio hace
huir de las cosas:/el vaho del deseo,/el sudor de la tierra, /la fragancia sin
nombre /de la piel./Todo lo que el deseo/unta en mis labios:/la dulzura
soñada/de un contacto,/el sabido sabor/de la saliva./Y todo lo que el
sueño/hace palpable:/la boca de una herida,/ la forma de una extraña,/la fiebre
de una mano/que se atreve.”
La ciudad
de México es retratada en su anarquía (la obra de Lola Álvarez Bravo) y la
calle de Cuauhtemozin, la del pecado y las prostitutas es inmortalizada por la
fotografía de Henrie Cartier – Bresson que muestra a dos cortesanas
contemporáneas asomadas a una ventana y en la pintura La calle de Cuauhtemozin (Emilio Baz Viaud, 1941) que bien podría
ser un nocturno de Villaurutia. En el lienzo un grupo de prostitutas ofrecen
sus servicios sexuales en la vereda mientras que en un primer plano dos jóvenes
abrazados de espalda, vestido con ropa
ajustada uno y con un jardinero el otro, las contemplan y no parecen dispuestos
a detenerse.
El auge de
las escenas urbanas permiten retratar a musculosos obreros de la construcción
(Francisco Eppens, Constructores,
1935), hombres ambiguos, dandys o ligeramente afeminados (Julio Castellanos, Retrato de hombre, 1925; Diego Rivera, Retrato
de Adolfo Best Maugard, 1913 y Autoretrato,
Adolfo Best Maugard, 1922). Y un poco más alejado de las ciudades eróticos
mineros de espaldas (Antonio Ruiz “el Corcito”, Mineros, 1941), viriles mujeres deportistas que sin duda
encendieron pasiones de otras mujeres de la época (Ángel Zarraga, La futbolista, 1926), mujeres bañándose
(Las Bañistas, 193 y bellos muchachos
que juegan al tenis mientras posan en extrañas poses (Abraham Ángel, Retrato de Hugo Tighman, 1924).
Y
la frutilla en el postre, la figura mexicana insoslayable: Salvador Novo
retratado por Manuel Rodríguez Lozano en El
taxi (1924). Conocido por su pasión por choferes y conductores que para
estar cerca de ellos los llevó a escribir en la revista del Sindicato, El Chafirete, Novo aparece dibujado como
el paroxismo del dandy: joven y guapo, impecable, con las cejas depiladas y los
labios intensamente rojos preparados para ser besados. A través de la ventana
se ve la ciudad de México en los símbolos que la metamorfosean en metrópolis
contemporánea: tranvías, edificios modernos, luces… Novo está en el interior de
un taxi pero viste una prenda que parece una bata de baño. Los interiores del
vehículo son la extensión del dormitorio de Novo. Rodríguez Lozano captó a Novo
en uno de sus tantos escarceos eróticos nocturnos, aquellos que sin destino
fijo y conducido por viriles choferes lo llevaba cual vagabundo sexual de un
punto a otro de la ciudad.
La
vitalidad erótica que los sueños redentores de la revolución imprimieron al
México de la primera mitad del siglo XX rezuma todas la muestra y se refleja
tanto en las nuevas búsquedas de la identidad nacional -imperdible en ese
sentido la pintura Nuestros dioses
antiguos (1916) de Saturnino Hernán-, como en la recurrencia a motivos
clásicos de la cultura popular como los carnavales (la carne que vale), las
mascaradas, los trabajadores, el reino del bajo vientre.
México Moderno. Vanguardia y
Revolución, 3.11.17 – 19.02.18,
Museo de Arte Latinoamericano
de Buenos Aires (MALBA), Figueroa Alcorta 3415.
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